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Quedándome sentado sobre la cama bostecé durante unos segundos, tras eso procedí a colocar los pies dentro de las botas poniéndomelas haciendo algo de fuerza, apreté las correas tanto como pude y continué a colocarme la gabardina del regimiento apretándome luego tanto como pude el cinturón. Me dirigí al escritorio lugar donde reposaba mi casco de batalla y, casi al lado de este, una bomba de oxigeno que conectaba por dos tubos con lo que parecía una mascara de hierro. Empecé a colocar la bombona en la apertura de mi gabardina que se encontraba en la espalda, sujetándola con tres cinturones distintos. Tras esto me puse la mascara de hierro que ocupaba toba mi cabeza hasta el final del cuello, y finalmente me coloqué el casco que sobre este había un puntiagudo pincho. 

Soldado de Hierro

"Capitán Alfred Wotan", era el nombre que estaba bordado en mi gabardina, en el lado izquierdo del pecho. Bajo esta se encontraban varias medallas al honor, especialmente una cruz de hierro concedida por sobrevivir en el ataque de las montañas del Reino de Hielo. 

Dirigí mi mirada a lo que parecía ser una ventana que únicamente estaba colocada ahí para observar las montañas, pero si se era realista solo se podía ver como los taladros que funcionaban a vapor perforaban las montañas y cientos de mineros trabajar junto a estas.   


Quité mi mirada de la ventana para fijarla de nuevo en el escritorio, sobre el cajón para ser específico. Al abrirlo pude apreciar que ahí estaban las dos pistolas con llave de chispa que guardé en el cinturón de la gabardina, dejándolas ver perfectamente. Apagué la vela y abandoné el cuarto para dirigirme a la habitación donde el resto de mi cuadrilla yacían durmiendo o hablando entre ellos. 

Crucé mis brazos en mi espalda, esperando a que ellos se diesen cuenta de que el oficial al mando había llegado y, tras unos segundos el primero de ellos se percató de mi presencia. 

-¡Señor!.- No le dio tiempo a continuar la frase, en ese momento yo levanté las persianas dejando pasar el sol y despertando al resto de ellos. 

-Tenéis un minuto para poneros el uniforme.- Dije en tono amenazante de mientras les esperaba de nuevo en la puerta de su habitación. 

Eramos quince soldados contando conmigo los que componíamos la escuadra de fuego, aunque la mayoría de ellos se trataban de reclutas, enviados desde la madre patria para defender estas minas en unas montañas congeladas y llenas de salvajes. 

Los segundos pasaban y el cuarto era únicamente llenado por los movimientos y las palabras que los soldados hacían, con ligereza los soldados se uniformaron y se pusieron en fila, firmes y con la vistas clavadas en el comandante. 

-¡Herr comandante, listos para la patrulla!.- Dijo el cabo Blaz tras dar un paso delante. 

Les negué haciendo unos lentos movimientos con la cabeza, aclaré mi voz y  hablé. 

-Camaradas subordinados, hoy el mando localizado en la madre patria Shenadoah nos tiene una noticia especial. El glorioso concilio de generales ha decidido que nuestro destino será en el frente de combate. Tendránuna hora para prepararse pues el tren que parte rumbo al frente sale en dos horas. Gloria a Shenadoah, soldados.- Me giré y con un paso lento que hacía un gran ruido con el hierro de las grebas en la habitación, salí de esta. Tras ellos los soldados suspiraron y murmuraban entre ellos, no muy felices. 

Ignoré el estado de esos jóvenes pues la mayoría de personas de su generación no tenían el mismo honor, coraje y temperamento que los gloriosos soldados que tomaron estas montañas. "Somos la fuerza mas letal, avanzada y honorífica jamás creada", pensé. Sonreí para mi mismo, hacía mas de tres años que no entraba en batalla y empezaba a pensar que el glorioso mando prescindía de mi, obviamente estaba equivocado pues ellos siempre tienen un plan para todos nosotros. 

Tras un par de minutos andando llegué a mi habitación de nuevo, esta vez dirigí mi mirada a la pared donde colgaba una espada enfundada en su vaina de plata. La descolgué  y la mantuve sujeta en mis manos, la misma espada que llevó el sargento Dagmar durante el ataque del reino de Hielo, luego concedida a mi por el asesinato de varios enemigos incluso cuando mi munición se había acabado. Guardé la vaina donde se encontraba la espada en mi correaje junto al cinturón, dejé mi mano apoyada en el mango de la espada y me dispuse a salir de la habitación. 

La hora había pasado y me encontraba en el patio, prácticamente un montón de asfalto lleno de nieve que se iba disolviendo poco a poco con la sal que los trabajadores, encomendados por la administración de trabajo y gloria, se habían encargados de distribuir por los suelos del pueblo minero. Habían hecho un trabajo bueno, todo trabajador cumplía el máximo de las expectativas que Shenadoah tenía sobre los trabajadores.

De la puerta del baluarte salieron los catorce soldados de mi escuadra, todos en fila india y las armas al hombro. La visión de la organización de las tropas solo me hacía disfrutar del momento, pensando constantemente que pronto mis hombres harían caer muerte entre las tropas enemigas. Estos pararon delante de mi, junto los carriles del tren de vapor que pronto aparecería para el transporte de mi unidad y mas minerales. 

-¡Herr comandante, estamos listos para llevar la gloria de Shenadoah al frente!.- Gritó uno de los soldados. Sonreí para mi mismo al ver que por fin el entusiasmo del Krieg se empezaba a crear en mi unidad. 

De pronto el ruido de las ruedas cortó mis pensamientos, por lo que dirigí mi mirada al túnel de donde empezaba a emerger luz proveniente de los faros delanteros del tren.


Capitulo Uno: Oficial y oficinistaEditar

-¡Pero camarada oficia!.-Reprochó uno de los soldados, dando un paso hacia delante y haciendo un saludo militar-¿En que se diferencian los reclutas de nativos de estas tierras y en los que nos atacan?.- Terminó de preguntar el soldado recién incorporado a la frontera. 

Negué lentamente con la cabeza, por las  gloriosas minas de hierro,¿por que tengo que tener siempre a los mas incompetentes bajo mi mando?.

Me giré hacia el, mis brazos estaban cruzados en mi espalda por lo que mis medallas y títulos estaban bien visibles. 

-¡Obviamente hay una gran diferencia, camarada soldado!.- Dije en un tono eufórico y amigable, por lo que la fila de los vente soldados bajo mis ordenes me miraron fijamente.-¿Preguntas en que se diferencia?, pregúntate esto: ¿en que se diferencia un ciudadano de Shenadoah con una bestia?.-Dije, andado hacia el y acortando las distancias. El por su parte solo se dedicó a mirarme.- ¡El ciudadano prospera, adapta el entorno a su favor y prospera!, en cambio la bestia solo sobrevive, quedándose a la atura de cualquier ser vivo, sin ninguna capacidad de iniciativa y únicamente pensando en su salud. Un nativo que se une a las filas del glorioso ejercito de Shenadoah como auxiliar se le enseña a seguir ordenes, a mantener la calma y saber donde está su posición. Cuando el nativo ha aprendido las reglas básicas para ser un ciudadano pasa de recluta a soldado auxiliar, luchando por la gloria de Shenadoah y finalmente cuando ha hecho su servicio, se le otorga la ciudadanía y un apartamento en uno de los sectores industriales de Shenadoah se le otorga, dandole así cobijo, trabajo y  pasar de ser un individuo al engranaje de una maquina perfecta.- De nuevo me puse firme, el resto de soldados miraron al frente.-Volved a la guardia.- Tras dar la orden la formación se dividió y empezaron a caminar en dirección la trinchera B-4, lugar que defendiamos. Suspiré y recordé que la oficial administradora de mi posición había pedido un recibimiento para la hora del almuerzo, modo de recompensarme por ser de los pocos oficiales de Shenadoah que usaban los reclutas nativos de modo eficiente.

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